Los temidos aluxes de Chichén Itzá

Los temidos aluxes de Chichén Itzá

Por Báalam

En la primavera de 1993, un importante periódico capitalino de circulación nacional informaba de una extraña ceremonia en las ruinas mayas de Chichén-Itzá.

En la primera plana de la sección correspondiente a las noticias de la provincia, el corresponsal en Yucatán notificaba que: Trabajadores que laboran en obras de rescate arqueológico del INAH [Instituto Nacional de Antropología e Historia] “pidieron permiso a los dioses para proseguir sus labores” -pues sentían miedo por los fuertes remolinos en el área- en una ceremonia oficiada por dos sacerdotes mayas en la zona oriente del estado, informó uno de los oficiantes, Concepción Noh. “Los trabajadores sentían miedo, porque en las últimas semanas se habían producido fuertes remolinos, precisamente en esta área sujeta por ahora a trabajos de investigación arqueológica”, según manifestó el sacerdote. (…)

La ceremonia maya, de 10 horas de duración, conocida como “Loj” tuvo su principal punto en un altar de dos metros de altura, construido a un costado de Las Mesas, y fue recubierto con hojas de jabín y de otras plantas de la región. Los trabajadores llevaron hasta el altar sus ofrendas, consistentes en grandes panes fabricados a base de maíz, los cuales fueron acompañados de las bebidas balché y sacá, muy utilizadas por esta etnia en sus festividades religiosas. (…) Poco después, los propios trabajadores recibieron [una limpia] para protegerlos de los “malos vientos” y de la “ira de los dioses que pudieran materializarse en algún tipo de castigo por parte de los aluxes o duendecillos encargados de cuidar las milpas. Finaliza la nota: También se incluyó en las ceremonias una plegaria maya dirigida a los dioses “Yum Balam” y “Yumtziloob”, la cual fue rezada en los cuatro puntos cardinales o cantiz. (Excelsior, 25/04/93)

Enanos, duendes, fantasmas, magos, brujas y otros seres semejantes aparecen en la cotidianidad occidental como elementos míticos y legendarios, que se han perpetuado a través de la tradición oral, de la literatura, y ahora en las coloridas imágenes del cine y la televisión. En las zonas campesinas e indígenas de nuestro país aún se conservan creencias precolombinas en seres sobrenaturales dotados de poderes suficientes como para resguardar y proteger los montes y sitios sagrados, garantizar -con su intervención- el logro de una abundante cosecha, ahuyentar a los intrusos, capturar el alma de aquellos que sufren un susto, y enviar -mediante el viento- alguna enfermedad a quien se atreva a invadir su territorio, sin el permiso debido.

Entre los actuales habitantes indígenas de la Península de Yucatán, los relatos extraordinarios de la X-Tabay, los balames (o balamob), los aluxes (aluxob) y otras entidades sobrenaturales contienen vida propia y existencia real (F. Ligorred, 1990:117, G.P. Xiu, 1997:15). No se trata de simples historias y narraciones legendarias sino que forman parte de una explicación del mundo y de la vida, íntimamente ligadas a las prácticas domésticas, agrícolas y sagradas, que se expresan en ceremonias y rituales de tipo propiciatorio. Es decir, estamos ante formas religiosas que entran dentro de una cosmovisión que influye de manera determinante en la vida diaria del campesino maya.

Los aluxes en la cosmovisión maya

En el mundo religioso de los mayas prehispánicos todo tenía un caracter divino (A. Ruz, 1981:185). Se creía en la existencia de tres grandes planos armónicamente relacionados: el cielo, la tierra y el inframundo (M. de la Garza, 1993:25). El espacio celeste era sostenido por cuatro dioses bacabes, y alojaba trece niveles con un dios particular en cada uno de ellos. La tierra habitada en su capa superficial por el hombre, producto superior de la experimentación divina según el relato del Popul Vuh, así como los animales y vegetales terrestres. que sin perder sus características sagradas constituyen el sustento y la vida de los hombres. Por último, el tenebroso y temido inframundo, formado por nueve estratos y un número igual de divinidades.

Como se puede observar, el número de dioses del panteón maya era extenso, sin embargo los tres principales fueron Itzamná (el dios creador), Chaac (el dios de la lluvia) y los Pahuahtunes (dioses de los vientos). Cada uno de ellos, conservando su propia unicidad pero a la vez manifestando su presencia en cada uno de los cuatro puntos cardinales: sac (al norte, representado por el color blanco), kan (al sur, color amarillo), chac (al oriente con el color rojo), y ek (el occidente, con el color negro). Ante esta avasalladora omnipresencia de dioses -mayores, menores e identidades asociadas a ellos- los ritos y ceremoniales se multiplicaron en todo el espacio y el tiempo, siendo la clase sacerdotal la que aplicó un férreo control ideológico que no disminuyó hasta la invasiva llegada del hombre europeo con la imposición del monoteísmo cristiano y la sustitución de algunos dioses por figuras consagradas del santoral católico.

Prácticamente desde el siglo XVI hasta la actualidad, la evangelización en el área maya ha sido continua, constante y progresiva, sin embargo, la obra de frailes, párrocos y obispos inquisitoriales, fieles extirpadores de hechicerías, supersticiones e idolatrías ha sido incompleta. Descripciones minuciosas de los propios curas, y sobre todo, en este siglo de antropólogos mexicanos y extranjeros 1dan cuenta de la operatividad contemporánea de su amplia pervivencia y de su indudable vitalidad. En todo este contexto, ¿Quiénes son los aluxes? ¿Dónde se les ubica? ¿Qué funciones desempeñan? ¿Por qué son objetos de primicias y ofrendas ceremoniales?

El Diccionario Maya editado por Cordemex resulta bastante escueto: ALUX: geniecillos del bosque // ARUX: enano legendario. (A. Barrera, 1980:15). Ante esta evidente parquedad informativa recurrimos al Diccionario de la Medicina Tradicional Mexicana editado por el Instituto Nacional Indigenista. Allí, basándose en los datos proporcionados por Oswaldo Baqueiro, Marie Odille Rivera y Alfonso Villa Rojas se menciona lo siguiente: ALUX. Maya. También arux y alusch. Duendes traviesos que deambulan por milpas y montes después de la puesta del sol. Calzan alpargatas y portan sombrero, presentando los rasgos de un niño indígena de tres a cuatro años. Generalmente son inofensivos pero si llegan a molestarse con algún ser humano pueden enviarle un aire enfermante que produce escalofrios y calentura. Por el contrario, si se les ofrenda comida, se vuelven guardianes de la milpa de quien se la congratuló con ellos, asegurándole una buena cosecha como recompensa.

En su faceta de cuidadores de una milpa, los aluxes tienen la capacidad de secuestrar a uno de los chaakob (plural de chaak) o deidades de la lluvia, y ponerle a trabajar en beneficio del milpero agradecido. Se cree que estos duendes son la encarnación de las figuras prehispánicas de barro que abundan en los sembradíos de la Península de Yucatán. Algunos agricultores destruyen estas figuras cuando las descubren con el fin de evitarse las exigencias de los alux. (C. Zolla, [coord], 1994). M. Aranda, cronista campechano, agrega que estos duendes “diminutos y traviesos” provocan tolvaneras, remolinos, gritos raros y otros fenómenos, cuando se enojan al escuchar blasfemias y groserías provenientes de la gente que deambula en sus cercanías. (1985:85)

En Pisté, pueblo cercano a Chichén-Itzá, los aluxes son “como enanitos de barro con sus sombreros del mismo material. Viven en las cuevas y grutas con sus perritos de barro. A veces se les oye tocar sus instrumentos que son algo así como trompetas, también de barro” (F. Horcasitas, 1964:40). Entre los mayas de Belice, aparte de su corta estatura, son viejos y su función notoria es la de cuidar y preservar el código moral de la comunidad, castigando cualquier tipo de exceso (O. Smailus, 1974:220-221).

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