Descubren Templos subterráneos relacionados con el Culto a Xibalbá

14/08/2008

Para entrar al inframundo maya, Xibalbá, había que recorrer un tortuoso camino, al final del cual se hallaba –según el Popol Vuh– un cuerpo acuoso con casas, donde debían superarse duras pruebas. Arqueólogos mexicanos piensan haber encontrado esta legendaria ruta en cuevas y cenotes del centro del estado de Yucatán.

El equipo conformado por especialistas de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) y del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), descubrió diversos templos en estos espacios subterráneos, como parte de un proyecto de investigación tendiente a comprender la actividad ritual realizada en éstos durante la época prehispánica y hacia la Conquista española.

Guillermo de Anda Alanís, director de la iniciativa denominada El culto al cenote en el centro de Yucatán, reveló que la localización de estas edificaciones (que aprovechan en parte la formación de estas galerías) no deja de ser una grata sorpresa, toda vez que parecen reproducir lo asentado en fuentes históricas como el mencionado libro sobre la mitología maya.

“Hemos encontrado similitudes en algunas modificaciones de cuevas y cenotes, que contienen templos dedicados muy probablemente al culto del Xibalbá, hablamos de construcciones muy elaboradas considerando que se ubican en lugares cuyo acceso es muy difícil, hablamos en ciertos casos de tiros de 30 o 40 metros”.

Todavía más interesante –continuó Guillermo de Anda–, “dentro de una cueva se ha podido localizar un sacbé o calzada de casi 100 metros de largo, está bien cimentado y su sistema constructivo es similar, por ejemplo, al de las calzadas de la zona arqueológica Chichén Itzá. Se trata, por sus dimensiones, del primer sacbé subterráneo”.

“Este sacbé sigue una dirección de oriente a poniente y gira hacia donde se encuentra un cuerpo de agua, justo allí se encuentra una gran columna compuesta por estalactitas y estalagmitas, que semeja una ceiba (árbol del que parte el linaje maya). Esto habla de un trazo intencional y guarda un patrón similar al de la Cueva de Balakanché, en Chichén Itzá”.

El arqueólogo subacuático, adscrito a la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY, detalló que la calzada termina en tres plataformas que llegan hasta el agua, lo cual le otorga un mayor simbolismo.

Por otra parte, en varias cuevas se advierte un modelo común: una especie de portal natural que es tapiado con piedras labradas, para dejar un pequeño acceso que no rebasa el metro de altura y los 50 o 60 centímetros de ancho.

Dentro de estos espacios se han localizado restos óseos humanos y de cerámica, a manera de ofrenda –en algún escondite o caché–; esculturas como la que parece aludir a un sacerdote con el tocado del dios de la muerte, así como glifos pintados (a veces sólo la impronta de manos) y/o grabados.

De acuerdo con fechamientos de cerámica realizados en el Centro INAH Yucatán, estos elementos –entre ellos una vasija con mil 900 años, la más antigua encontrada para el norte de Yucatán– van del Preclásico al Posclásico, aunque la mayoría de los materiales podrían datar del Clásico Terminal (750-850 d.C).

“Se trata de una parte inesperada dentro del proyecto El culto al cenote en el centro de Yucatán, de la UADY, pues hemos encontrado todo un complejo de templos subterráneos, incluso en algunos casos, sumergidos”.

Guillermo de Anda informó que hasta el momento se han reconocido 14 sitios que contienen este tipo de elementos rituales. Próximamente, además, la iniciativa dará inicio a su segunda temporada de campo, así como a la fase de interpretación con base en el estudio de los vestigios encontrados.

“Pensamos que al abrir nuestra metodología de trabajo hacia la búsqueda de sitios, este patrón se ampliará, de tal suerte que podremos hablar de una infraestructura prehispánica dedicada a un culto subterráneo, relacionado con cuerpos de agua”.

Algunos de estos espacios sagrados se distribuyen en cenotes y cuevas ubicados en municipios del centro de Yucatán, tales como Tecoh, Homún, Kantunil, Chocholá y Abalá. En ese sentido, cabe considerar que dados los recursos de que se disponía en tiempos prehispánicos, las distancias entre estos lugares no dejaban de ser considerables.

El especialista enfatizó que para los antiguos mayas no existía diferencia entre cenote y cueva, pues ambos marcaban el camino hacia el Xibalbá, inclusive, “creían que tras las paredes de las cavernas había agua”.

La primera etapa del proyecto El culto al cenote en el centro de Yucatán, comprendió la investigación documental sobre el tema. Así, en crónicas del siglo XVI que refieren la persecución de la idolatría (en 1562), se mencionan 17 cuevas y cenotes, en donde los mayas efectuaban ritos.

Hasta el momento, abundó De Anda Alanís, “hemos localizado algunos de estos espacios, por nombre. De algunos no sabemos con exactitud si sean los citados en los documentos históricos, pero sobre nueve tenemos la certeza, de éstos, siete contienen restos óseos, dos de ellos en gran cantidad”.

De ahí que más tarde, el arqueólogo se enfocó al análisis de la muestra esquelética recobrada del Cenote Sagrado de Chichén Itzá, en los años 60.

Actualmente, el proyecto El culto al cenote en el centro de Yucatán se halla en una etapa de corroboración in situ, en la que cuenta con el apoyo del Centro INAH Yucatán mediante un convenio que busca la preservación de estos espacios.

Tecnología de punta para la exploración arqueológica en cenotes

Guillermo de Anda dio a conocer que la UADY ha establecido un convenio de trabajo con la Universidad de Ciencia y Tecnología de Noruega, institución líder mundial en el campo de la detección remota subacuática.

Gracias a ello, la UADY, a través de de sus facultades de Ingeniería, Química, Biología y Matemáticas, está por comenzar la construcción del primer vehículo operado a control remoto, específico para cenotes.

Mediante esta tecnología de punta podrá conocerse, desde la superficie, cuál es la morfología de un sitio e, incluso, saber qué tipo de materiales arqueológicos se ocultan bajo el sedimento.

Autor/Redactor: INAH
Editor: Manuel Zavala y Alonso

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