EL OMBLIGO COMO CENTRO COSMICO

Gutierre Tibón (1905-1998), nacido en Italia y que vivió en México desde 1949 es autor –entre otras obras– de Historia del nombre y de la fundación de México (Fondo de Cultura Económica, México, 1975) y La tríade prenatal: cordón, placenta, amnios. Supervivencia de la magia paleolítica (id. 1981), ambas relacionadas igualmente con el tema de los dos primeros capítulos de otro libro suyo que hoy presentamos junto con su prólogo: El Ombligo como centro cósmico: Una contribución a la historia de las religiones, publicado también por el F.C.E. (Fondo de Cultura Económica) México 1981.

EL OMBLIGO COMO CENTRO COSMICO
GUTIERRE TIBON

PRÓLOGO

En el principio era el ombligo. No, antes del principio, según el Rig Veda: el germen del mundo descansaba sobre el ombligo de lo increado. El Midrash dice que Dios creó el mundo al igual que el ser nacido de mujer: desde el ombligo. El centro del mundo es el ombligo, por la comparación del microcosmo humano con el macrocosmo universal.

Antes de identificar la tierra con su ombligo, el hombre lo descubre en el cielo: la Estrella Polar es el ombligo del firmamento, guía nocturna de nuestros lejanos antepasados en las soledades de los continentes vacíos.

La creencia de que la tierra es el centro del universo perdura durante milenios; era dogma de la Iglesia todavía en 1835, tres siglos después de Galileo. Desde luego, centro y ombligo se equivalen; y en la cosmogonía de los antiguos, en ambos mundos, el centro-ombligo es el lugar sacratísimo de la creación, el único punto donde es posible la comunicación con la morada de los muertos y de los dioses: cielo e inframundo.

El ombligo se vincula con un sinnúmero de conceptos mágicos, místicos y míticos; su estudio es parte importante de la historia de las religiones y, con eso, del pensamiento filosófico.

En el ámbito de los símbolos el ombligo es avasallador. El más conocido es el de la piedra, en Delfos, centro del mundo; he contado veintiséis más, desde Japón hasta la Isla de Pascua. Una piedra-ombligo figura en el escudo de México.

Abundan los montes: el Meru Nabhiam de la India es tan ombligo como el Tabor, el Sinaí de los hebreos y el Xico de los mexicanos. Regiones enteras consideradas ombligos de la tierra son Grecia, Israel y parte del Petén, en Centroamérica, que un misionero del siglo XVII llama “ombrigo del mundo”.

Ombligos simbolizados por agujeros, hondonadas o grutas se encuentran en Célebes, Nuevo México y Mesoamérica. Ombligos-islas son Sri Lanka o sea Ceilán, umbilicus orbis; la Ogigia de Homero, la islita del lago de Tezcoco donde se fundó el imperio azteca y la del Sol, en el lago Titicaca, donde se fundó el imperio inca; la Isla de Pascua, Te Pito te Henúa, “el ombligo del mundo”. Ombligos-lagos se encuentran en Italia: el Averno, el Lacus Cutiliae; y en México, los de Pátzcuaro y Cajititlán. Ombligos-plantas son los árboles de la vida en la India y los del mundo, no menos frondosos, en Siberia; el hongo divino de los Vedas; la Amanita muscaria conocida como Soma; la flor de loto budista; la ceiba de los mayas y el palo volador mesoamericano. Ombligos-oráculos, el de Delfos, el Carmelo, el de Amón en África y el de Achiutla en México.

La fuente de Jacob, en Israel, es llamada umbilicus terrae. Entre los ombligos-templos hay que recordar el de Jerusalén, el de Constantinopla, y el Tlalxicco en el teocalli mayor de México. Descuellan, entre los lugares volcánicos umbilicales, Enna en Sicilia, Thermos en Grecia; los ya mencionados Cutiliae y Averno en Italia y los propios pavorosos volcanes Gunang-Anang, de Bali y Xitle, de México, este último “ombligo” en náhuatl.

Muchas son las ciudades-ombligo. Nací en una, Milán, cuyo medio-, sinónimo de ombligo, comparte con cincuenta y cuatro Mediolanum más en el mundo céltico. Encuentro veinte ciudades-ombligo en Grecia y Asia Menor; más al oriente están Jerusalén, la Meca, Nínive, Babilonia, Delhi y Pequín. Vivo en el Ombligo de la Luna, México; y en este hemisferio son ciudades umbilicales Cuzco y Tiahuanaco, capitales de otros imperios americanos.

Desde el ombligo se proyecta e irradia su manifestación en las cuatro direcciones del universo; él mismo es la quinta, vertical. Corresponde a la cifra uno en el quincunce cristiano y al cinco en el mesoamericano. Entre los aztecas el cielo más alto, el treceno, donde mora el dios creador, es el tlalxicco, “ombligo del mundo”.

Para hindúes y budistas, hebreos y griegos, el ombligo es el principio de todo: ya que por él comienza a enraizar el embrión; en tanto que los polinesios lo consideran el fin. Según ellos el ser humano termina su gestación, nace, se separa de su madre, y el ombligo es la marca de su perfecto acabamiento.

El ombligo es círculo y rectángulo, infierno y paraíso, corazón del cielo, lugar de sacrificio, emblema de virtud y de vicio, cáliz de licor y polen de rosa (esta última misteriosa acepción se debe a Aristóteles).

El ombligo es el asiento del alma, el punto de mayor espiritualidad en la anatomía humana; el lugar de elección para encontrar la armonía cósmica; el tercer ojo que contemplan los hesicastas, quienes anhelan ver la luz increada del Tabor.

Del ombligo emana el fuego divino. Es el centro de la respiración y de la rosa de los vientos. Es símbolo del útero y, contradictoriamente, del falo; se identifica con la Luna, principio mujeril, y con el Sol, masculino por excelencia. Es andrógino y, sin embargo, connaturalmente femenino. Sol, Luna; pero también estrella: la Polar, eje del universo.

Precisamente para colocarse en el eje cósmico, donde es posible la comunicación con el mundo de los dioses (cielos e infiernos), tantos adoratorios y santuarios, de pueblos y ciudades, han surgido en los centros umbilicales: sin que la autenticidad de uno menoscabe la de los demás. Aquí pisamos un terreno más firme; entramos en el dominio de la geografía, ciencia exacta.

Y para quedarnos, aunque sea de paso, en este campo, estrictamente cartesiano, recordamos lo que es el ombligo visto por un fisiólogo moderno. Es el minúsculo chirlo que se forma después de la caída del cordón; su aspecto se debe al proceso de cicatrización y a la retracción de la llaga umbilical. En general es un hoyuelo cupuliforme cercado por un rodete cutáneo, en cuyo fondo se asoma una eminencia, el onfalio o pezón. Éste presenta en el ápice la cicatriz, separada del rodete por un surco circular.

Desde épocas inmemoriales el ombligo, por su emplazamiento en el cuerpo humano, se ha vuelto símbolo del centro: de cualquier centro, terrestre, celeste o imaginario, en su proyección cosmogónica.

Este simbolismo ha sido el punto de partida, hace muchos años ya, del presente libro. Al comprobar que México significa “en el ombligo de la Luna”, me puse a investigar las razones esotéricas de tan sorprendente denominación. En el curso de siete lustros nació mi Historia del nombre y de la fundación de México (Fondo de Cultura Económica, México, 1975) en que analizo la concepción cosmogónica de los aztecas en relación con el centro-ombligo. Trato este tema adelante, en el capítulo VII, consagrado a la cosmología umbilical azteca.

La presente obra ofrece un panorama mucho más amplio del tema. Además de los valores epistemológicos, cosmogónicos y etnológicos del ombligo, todos con un común denominador místico, me ocupo de su difusión en la nomenclatura geográfica del planeta, basada igualmente en conceptos mágicos y religiosos. Me doy cuenta de todo lo que hay que descubrir todavía.

En mi tercer libro de onfaloetnología, así puedo llamar esta disciplina especializada, me ocupo del mito y de la magia del cordón umbilical, doble del ser humano, investigados en el curso de dos décadas, sobre todo en trabajos de campo. Logro, como para el ombligo, reconstruir el pensamiento salvaje (en el sentido que atribuye a este término Lévi-Strauss) que dio origen a las creencias umbilicales: singulares arquetipos difundidos en todo el planeta, que tienen raíces plurimilenarias, esto es, se remontan al hombre paleolítico.

Como introducción a los valores tropológicos del ombligo, dedico el capítulo I de la presente obra a las metáforas antropocósmicas: el ombligo humano, equiparado con el centro del universo, justifica, mejor dicho, exige, este término, del cual no soy el inventor. En el capítulo II estudio la filología y la semántica del ombligo en Ambos Mundos; en el III, IV y V examino su difusión en la geografía, real y mítica, del Asia, del mundo mediterráneo y céltico.

El capítulo V está consagrado al ombligo como centro mágico, asiento del alma y al ombligo-ojo; en el VI lo investigo como centro cosmológico, así como símbolo de lo absoluto. El capítulo VII está dedicado al ombligo en el Nuevo y Novísimo Mundo; el capítulo VIII al ombligo de piedra.

En el capítulo IX vuelvo al raciocinio cientificista y me ocupo del ombligo como centro arquitectónico; en el X explico la razón, hasta ahora ignorada o sólo vagamente intuida, de la representación del ombligo en forma ovoidal o cilíndrica, como en el omphalós de Delfos, en lugar de la cóncava que obedece a la realidad anatómica habitual.

En el último capítulo, consagrado al ombligo como centro erótico, he eliminado la presencia del erotismo moderno, que no comulga con el subtítulo de este libro: una contribución a la historia de las religiones. Sólo he dejado lo que atañe a los mitos y a la simbología onfálica en las creencias del pasado. Las demás pesquisas, inicialmente tan ajenas a mis inclinaciones, se publican en una obrita separada. Son un complemento, inevitablemente frívolo, de la investigación.

Al lector apresurado aconsejo brincar el capítulo 1, los ensayos sobre los omphaloi célticos, el soma y el ombligo, la etimología de Cuzco y el versículo del Cantar de los Cantares. Se trata de estudios meticulosos y necesariamente amplios; su lectura no es indispensable para la visión global del tema. Esta advertencia obedece a mi respeto por el undécimo mandamiento: No aburrirás. Desde luego estoy consciente de la repetición de ciertos conceptos básicos en distintos capítulos de este libro. Mi propósito es alcanzar mayor claridad: no creo que hay que considerar obvia una memoria excepcional en todo lector; ciertas reiteraciones le ayudan a atar mejor los cabos sueltos en páginas distantes.

Como en mi Historia, he puesto todas las notas al pie de las respectivas páginas y he unificado la bibliografía, tal como me agrada encontrarla en los libros que leo y consulto. Sigo usando (como lo he acostumbrado desde México 1950, publicado a fines de 1941) la separación de párrafos con títulos en forma de subcapítulos. Facilitan la lectura, al igual que los temas indicados en el margen de ciertos libros antiguos y de no pocos modernos.

En el curso de los años dedicados a este libro he tenido a menudo la sensación (muy subjetiva por cierto) de que contribuía dialécticamente al redescubrimiento del mundo, a partir de su centro. El ombligo-centro es concepto físico y místico que ha preocupado a la Humanidad desde sus inicios; pero hay innumerables aspectos más, del hombre y su relación con la naturaleza, que esperan ser redescubiertos, si se saben mirar con ojos nuevos. Esta tendencia, afortunadamente, ya existe; la demuestran, entre otros pensadores, Illich, Goodman y Fromm. Mientras todas las disciplinas se han capilarizado, aparecen nuevos libros en los cuales confluyen sabiduría y compasión: libros que nos ayudan a centrarnos y orientarnos en un nuevo clima emocional.

Debo viva gratitud a Ivan Illich por la ayuda que me brindó al concederme el libre acceso a su biblioteca, sobre todo a su sección indianista; además por haberme conseguido copias fotostáticas de libros y revistas casi imposibles de consultar en México y que son prez de bibliotecas universitarias norteamericanas y europeas. Evito así la abundancia de apud por no haber podido consultar las fuentes originales; además le doy más solidez a la información bibliográfica. Sin embargo he aprovechado estancias en Washington para comprobar; en muchos casos, la exactitud de mis apud, en la Biblioteca del Congreso.

Agradezco también su ayuda a Dorothy Norman (Nueva York); Stella Kramrisch (Nueva York); R. Gordon Wasson (Danbury) ; Tom Zuidema (Leiden); Alfonso Villa Rojas (México); Plutarco Albarrán (La Paz); Fernando Silva Santisteban (Lima); a mi hermano Juan Manuel. Por supuesto soy acreedor de los autores que me han precedido; entre ellos debo mencionar a Wilhelm Heinrich Roscher (Leipzig); Jacques Soustelle (París); Jean Chevalier (París); Gérard de Champeaux y Dom Sébastien Sterckx (París). Mi especial gratitud a Elvira Gascón por sus preciosos grabados, realizados expresamente para este libro, que ilustran el versículo de alabanza al ombligo en el Cantar de los Cantares.

G. T.

continúa: http://americaindigena.com/tibon_ombligo1a.htm

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